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viernes, 5 de diciembre de 2014

¡¡Tu quoque juventud!!
(En tropel al éxito)

Por Francisco A. Barroetaveña

(Publicado en el diario La Nación el día 20 de agosto de 1889)


El Dr. Joaquín Nabuco dirigió a los estudiantes de Derecho estas intencionadas palabras: “La grandeza de las naciones depende del ideal que su juventud se forma en las aulas; y la humillación de aquéllas proviene de las traiciones que los hombres hacen a sus ideales históricos”. Pensamiento tan elevado y severo, ha coincidido en Buenos Aires con los aprestos para un banquete político de un grupo de jóvenes que manifestarán su adhesión incondicional al presidente de la República, según lo hace comprender la invitación publicada.

El paso político que va a dar la juventud juarista, ni es nuevo en nuestro país, ni tampoco honroso para el civismo argentino. Ya cuando se agitaba la lucha presidencial última, los jóvenes impacientes por figurar en la política activa hicieron una manifestación semejante a la que ahora preparan en honor del doctor Juárez, poniéndose incondicionalmente bajo la dirección política del presidente Roca, abdicando la manifestación espontánea de ideas, doctrinas y afecciones que contrariasen al jefe del Estado.

Esta y aquella adhesión no significan otra cosa que la renuncia a la vida cívica activa de los jóvenes para desaparecer absorbidos por una voluntad superior que los convierte en meros instrumentos del jefe del Poder Ejecutivo.

La juventud que así inmola su energía cívica poniéndose bajo la dependencia de un poder cuyas órdenes se cumplen en silencio sin la menor objeción. ¿ Realiza algún ideal formado en las aulas?¿ Practica algún principio usual en las naciones civilizadas que gozan de organización constitucional?¿Imita movimientos análogos de la juventud de esos pueblos? Con frecuencia nos llegan noticias de movimientos colectivos de la juventud de otras naciones, ya persiguiendo algún ideal político levantado, alguna campaña económica o humanitaria, que tanto realza el mérito moral, intelectual y político de los jóvenes. La juventud estudiosa de Francia se levanta casi unánime para protestar enérgicamente contra la ambición de un farsante audaz que pretende colocar la República bajo su boa de dictador; los jóvenes de Nápoles saludan entusiastas en Gladstone la causa de la independencia de Irlanda; la juventud alemana y de Italia da mucho que hacer a los cancilleres, porque siempre está de parte del pueblo que fure, defenciendo causas justas, ideales nobles y generosos; en España los jóvenes agitan el país defediento con Moraitas la libertad de la crítica histórica, desafían las conminaciones del poder y hacen caer ministerios; en Rusia el elemento juvenil forma en las filas de ese terrible partido revolucionario que, careciendo de órganos legales para desarrollar su programa e influir en el pueblo, se manifiesta por explosiones siniestras; en el Brasis, la juventud reclama instituciones liberales, y al mismo emperador le dirigen discursos pidiendo con altanería más progreso, más libertad e instituciones federativas; en la República vecina, la juventud estudiosa, lejos de pactar adhesiones incondicionales con los mandones que se alzaron con el poder, corrió a los campos de batalla para reivindicar con las armas en la mano esos derechos y libertades arrebatados por el abuso.

¡Estaba reservado a la República Argentina el triste espectáculo que esta noche ofrecerá una parte de la juventud, que felizmente es una minoría, renunciando a la libertad política, al ejercicio espontáneo de los derechos del ciudadano, en homenaje a la voluntad del presidente, adhiriéndose sin condiciones!

Lejos de nosotros el condenar la organización política de los conciudadanos, la formación de clubes de jóvenes con fines de política radical o posibilista. Pensamos que todos los argentinos deben organizarse y luchar por el ejercicio de los derechos electorales, suprimidos en el hecho, tal vez por falta de titulares que los reclamen con energía.

La República no gozará probablemente de verdadero bienestar sino cuando se opere la reforma de sus costumbres e instituciones por medio de la instrucción y educación pública, siguiendo un vasto plan pedagógico, como lo ha pronosticado el educacionista doctor Berra; pero en la actualidad no hay más opción para mejorar el país que entre el posibilismo y la explosión, porque los demás caminos legales se encuentra obstruidos por el abuso y el fraude.

Pero posibilismo político no es ni ha sido nunca la maniobra que ejecutan ahora los jóvenes juaristas. No; una cosa sería organizar clubes de jóvenes en la capital y demás ciudades importantes de la República y, después de constituir una potencia, pactar alianza con el poder bajo condiciones que garantizaran reformas y mejoras favorables al país, y otra muy distinta formas un club de jóvenes y ofrecer una adhesión incondicional al jefe del Estado.

Lo primero sería posibilismo político útil y saludable al país, lo último desdorosa abdicación del carácter cívico, tal vez en aras de ambiciones impacientes, que sólo buscan el éxito, sin mirar la higiene del camino que recorren.

¡Y en que momento la juventud ofrece su adhesión incondicional al Presidente! Precisamente cuando en la capital y en muchas provincias se realizan actos de cobardía cívica que nos avergüenzan ante propios y extraños. Todos recordamos la consulta dirigida al Presidente de la República por los miembros de la legislatura de Mendoza, pidiéndole su “plácet” para designar gobernador; ni hemos olvidado que dos provincias argentinas que antes fueron guerreras y libertadoras ( Entre Ríos y Corrientes), borraron la suscripción de un diario cuando supieron que habían caído en desgracia del Presidente, en un mal momento de irritabilidad nerviosa, con el bizantino propósito de halagar la cólera presidencial.

Las finanzas de la nación están entregadas a un ilusionista o culpable que las lleva, fatal y velozmente, por la pendiente del abismo; la moral administrativa de gran número de reparticiones públicas gime bajo el peso abrumador de terribles acusaciones, sin que de arriba se inicie correctivo eficaz y saludable; la vida política del país totalmente suprimida, gozándose hoy mil veces más libertad política y civil en todas las monarquías constitucionales de la vieja Europa que en esta joven República de la América del porvenir; la descentralización administrativa y política casi ha desaparecido, pues ya en el hecho no hay provincias sino intendencias, ni municipalidades elegidas por el pueblo sino comisiones de amigos de los gobernantes llevados para asegurar el abuso y la arbitrariedad. En todas partes malestar, desgobierno y escándalos, que arruinarán al pueblo cuando estalle una crisis inevitable que todos la presienten.

En medio de este general desgobierno, o del imperio de éste régimen funesto, que suprime la vida jurídica de la nación reemplazándola por el abuso y la arbitrariedad, se sienten los primeros trabajos electorales para la futura presidencia, asegurándose que el Presidente actual impondrá al sucesor que se le antoje, pues dispone del oro, de las concesiones y de la fuerza necesaria para enervar los caracteres maleables y sofocar cualquier insurrección.

¡Este es precisamente el momento elegido por un grupo de jóvenes de la capital para renunciar al civismo, adhiriéndose sin condiciones a la voluntad del Presidente, de ese hombre público que se manifiesta débil, impotente e inepto para gobernar con moralidad y justicia al pueblo argentino!

Son tristes y desconsoladores estos movimientos de la juventud , que de ser imitados nos llevarían a una franca y vergonzante dictadura. Movimientos sin ningún ideal noble, generoso y patriótico; sin proseguir ninguna idea o doctrina levantada que signifique un progreso para el pueblo o la reforma de instituciones deficientes; nada, nada; se busca sencillamente la aproximación al mando, la fruición del poder, a costa de la sumisión, en cambio de la servidumbre política.

La designación de jefe único del partido nacional, hecha en la persona del Presidente de la República, que constitucionalmente no puede ser jefe de partido, sino jefe del Poder Ejecutivo, del poder administrador de la nación; la docilidad del Congreso ante las exigencias de ese jefe de partido para sancionar con ligereza inconcebible proyectos de la mayor importancia; el aplauso que se le dirige a todas las provincias cuando se consuma atropellos y la sustitución por el régimen de las designaciones palaciegas; las adhesiones incondicionales como la que se hará esta noche por un grupo de jóvenes argentinos de la decadencia cívica, ¿ no son síntomas que nos demuestran un inmenso retroceso moral del pueblo y una completa perversión de ideas?

Somos enemigos de la injusticia con que se suele juzgar a los gobernantes y a los pueblos, haciendo a los primeros únicos responsables de las victorias o de las catástrofes, del bienestar o del infortunio que aflige o aprovecha a las naciones, las cuales aparecen como entidades pasivas, irresponsables de los fenómenos que las afectan. El presidente actual es hijo de su tiempo y del medio que lo rodea, como Rosas lo fue del suyo; y tal vez la historia Argentina tenga que agradecerle el poco daño que hace en comparación del que podría hacer con aplauso de su partido: la posteridad le estará agradecida de que durante su gobierno se haya divertido mucho y cuidado de su hacienda en vez de pasar a ejercicios más trascendentales.

Aunque apenados por el suceso que nos mueve a escribir este artículo, y después de condenarlo como una lamentable y funesta abdicación cívica, nos complacemos en reconocer buenas intenciones en algunos jóvenes manifestantes, con quienes nos ligan vínculo de cariñosa amistad. Ellos entienden que la adhesión preparada en un lícito posibilismo que les permitirá tomar posiciones para influir de una manera benéfica en el gobierno. Pero ésta es una ilusión que verán luego desvanecerse, por la influencia del medio ambiente dañino que los rodeará.

La supresión de la vida jurídica de un pueblo que garanta a los habitantes la libertad y la justicia, no permite ninguna expansión de aquellas que se imaginan los jóvenes cuando penetran al poder por una puerta falsa. Cuando se les precisa no se escatima las ofertas: diputaciones, ministerios, directorios, etc., pero luego no se cumple lo prometido, o se confiere los empleos en condiciones tan humillantes que es preferible abandonarlos por razones higiénicas.

La juventud juarista está en minoría aquí y en las principales ciudades de la República, y creemos que no se repetirán estas escenas que ofenden la energía tradicional de nuestra raza. Para la mayoría que resiste las tentaciones del poder y vive en modesto retiro, les citaremos unas hermosas palabras del canciller D´Agnesseau, hablando de Demóstenes: “ Censor severo de la conducta de su pueblo, será más popular que los que adulan las tendencias de la muchedumbre; se atreverá a presentar a la vista de ésta la triste imagen de la virtud inflexible y penosa, llegando hasta conseguir que se prefiera lo justo y lo bueno, aunque difícil, y frecuentemente de éxito desfavorable, al atractivo y a las dulzuras de una indigna prosperidad”.

Felizmente el Dr. Nabuco ya se fue de nuestro país, para que no llevara la triste impresión de esta enseñanza de virtud republicana que ofrecen los jóvenes en homenaje al Dr. Juárez, traicionando los bellos ideales de la vida juvenil, cuando se adora la idea o el principio por su bondad intrínseca, sin ningún cálculo ni ambición egoísta prematura.

Ponemos punto final, formulando un voto que desearíamos en el alma que se cumpliera. Que en el momento de los brindis, la altivez nacional indignada, paralice la lengua de esa juventud, volviendo cada uno a su hogar mortificado por el remordimiento de la adhesión cesárea.

 

jueves, 27 de noviembre de 2014

Francisco Antonio Barroetaveña El precursor de la Unión Cívica


Francisco Antonio Barroetaveña nació en Gualeguay, Entre Ríos, el 20 de julio de 1856; Abogado, escritor y gran orador, fue uno de los principales artífices en  la creación de la Unión Cívica de la Juventud que luego llegaría a transformarse en la Unión Cívica Radical.
                Su artículo publicado en el Diario la Nación el 20 de agosto de 1889, titulado "¡Tu quoque juventud! En tropel al éxito" le valió gran protagonismo en la vida política argentina, puesto que este artículo se transformó en un disparador y ocasiono una gran movilización histórica en ese momento. En este Artículo condenaba la ausencia de principios morales de aquellos que sostenían y apoyaban al entonces Presidente Miguel Juárez Celman.
                A Partir de este artículo que se transformó en  un llamamiento a toda la civilidad, se fundó en 1889 la Unión Cívica de la Juventud de la que Fráncisco Barroetaveña fue Presidente. Pero este llamamiento no concluiría solamente con la reunión de jóvenes en torno a una nueva organización política, sino que sería el puntapié inicial para introducir en la política Argentina el debate de cuestiones trascendentales para nuestro país. Fue así como al movimiento se fueron sumando figuras notables de la política como Leandro Alem, Bartolomé Mitre, Bernardo de Irigoyen, Vicente Fidel López, Aristóbulo del Valle, entre otros. Esto dio paso a un movimiento mucho más amplio y no solo de carácter juvenil o generacional y por consiguiente se convocó a un trascendental acto el 1° de septiembre en el Jardín Florida, de este acto se constituiría la Unión Cívica de la que Leandro Alem sería elegido Presidente del nuevo Movimiento.
                De aquel acto del 1° de Septiembre y de la fundación de la "Unión Cívica" surgió una nueva convocatoria a otro acto todavía mayor que se realizó el 13 de Abril de 1890 en el Frontón Buenos Aires, calle Córdoba 1130. En ese acto hablaron Mitre, Alem, el joven Barroetaveña, Aristóbulo del Valle y José Manuel Estrada.
                Tres meses después de este acto estalló la revolución del Parque, el 26 de Julio de 1890. Una gran parte del ejército se plegó al Gral. Manuel J. Campos que la encabezaba y una inmensa cantidad de voluntarios civiles respondió al llamado de la Junta Revolucionaria presidida por Leandro N. Alem. Los revolucionarios debieron desistir de su intento por falta de armas y de munición para tantos voluntarios. Triunfó el mayor poder económico del gobierno corrupto, pero Juárez Celman debió renunciar y en el Congreso un diputado pronunció aquella famosa frase: "La Revolución ha sido vencida pero el gobierno está muerto". Desgraciadamente no era verdad sino en lo que se refería a Juárez Celman, pero el sistema del Gral. Roca, remozado, siguió dominando el país por varios años más, para ser substituido por otros sistemas peores poco después de iniciado el siglo XX.
                Tras la renuncia del presidente Juárez Celman después de la revolución del Parque, la Unión Cívica se constituyó como partido.
El general Mitre se catapultaba como el candidato de la Unión Cívica para las elecciones presidenciales de 1892, acompañado por Bernardo de Irigoyen. Pero el Acuerdo que Mitre celebró con el general Julio Roca para concurrir con una fórmula conjunta con el Partido Autonomista Nacional llevó a que un sector de la Unión Cívica se opusiera rotundamente, puesto que este acuerdo era claramente transigir en los principios que dieron origen a la Unión Cívica, este acuerdo suponía aliarse al mismo contubernio que el Partido combatía. Alem en respuesta al acuerdo de Mitre le contestaría inmortalizando una frase que quedará en la historia: “Yo no acepto el acuerdo, soy radical en contra del acuerdo, soy radical intransigente...”
                De esta forma gran parte de los miembros de la Unión Cívica siguiendo a Alem se escindieron en 1891 formando la Unión Cívica Radical. Otra parte de los miembros sostuvieron la política acuerdista y siguieron al general Mitre en la Unión Cívica Nacional, partido que existió hasta 1902.
                La UCR concurrió a los comicios presidenciales de 1892, sin mayor resonancia. Pero en 1894 y 1895 obtuvo representaciones parlamentarias por la Provincia de Buenos Aires y la Capital Federal, una bancada presidida por Francisco Barroetaveña, en tanto que en el Senado estaba representado por Bernardo de Irigoyen y Leandro Alem. La Unión Cívica Radical representaba el ideario liberal clásico: la limitación al poder, la vigencia de la Constitución, la independencia del Congreso frente al Poder Ejecutivo, el respeto al federalismo y las autonomías municipales, el librecambio y la libertad en educación. Pero en 1896 se suicidó Leandro Alem, con lo que la figura de su sobrino Hipólito Yrigoyen adquirió relevancia en el seno del radicalismo bonaerense. Cuando la UCR comenzó a tratar una alianza con la UCN con vista a los comicios presidenciales de 1898 para enfrentar a la candidatura de Julio Roca, fue Hipólito Yrigoyen quien desoyó el mandato del Comité Nacional del partido, provocando la primera ruptura de la UCR. Quienes continuaron bajo el liderazgo de Bernardo de Irigoyen y Francisco Barroetaveña, se congregaron bajo el rótulo de Unión Cívica Radical coalicionista, en tanto que los seguidores de Hipólito Yrigoyen se denominaron “intransigentes”. El radicalismo coalicionista, en 1902, formó los Partidos Unidos con la Unión Provincial, que era la expresión bonaerense del PAN. En 1907, los Partidos Unidos cambiarán su nombre por el de Partido Conservador.
            Francisco Barroetaveña, dentro de la UCR apoyó a Leandro Alem y Marcelo T. de Alvear y se opuso tenazmente a Hipólito Yrigoyen con el cual siempre mantuvo disputas importantes hacia lo interno del partido.
                Barroetaveña fue un activo miembro de la masonería argentina de la que se cree que participó junto a Leandro Alem y que de allí fue de donde se generaron los fuertes lazos que ambos dirigentes mantenían.
                Se separó de la UCR y se integró al Partido Demócrata Progresista llegando a ser candidato a presidente de la Nación en 1932 por la fracción entrerriana del Radicalismo Antipersonalista, que se llamó UCR antipersonalista entrerriana.
                Fue un gran escritor reconocido en la época por su capacidad intelectual y dialéctica, en el que además de grandiosos documentos y discursos políticos que ha dejado también se encuentran publicaciones y obras como: "Bernardo de Irigoyen. Perfiles biográficos", "El gobierno del doctor Alvear", "Patria y religión", "Consecuencias de la victoria de Caseros".
                Luego de una dilatada trayectoria política y dejando una gran cantidadde documentos y discursos políticos e ideológicos que marcaron a toda una generación, fallece en Buenos Aires el 27 de noviembre 1933.

Pablo Eduardo Vázquez